"(...)Yo vivía mi carne y mi sangre. Pero unos a otros nos aprehendemos por la forma y pensamos estúpidamente que la forma es siempre el signo fiel de la sustancia. ¿Y cuando no lo es? ¿Cuando la forma expresa lo contrario de lo que es la sustancia? ¿Cuando la forma traiciona a la sustancia? ¿Quién mitiga ese error? El jorobado y el enano que la gente ve pasar a su lado tal vez sean más infelices que lo que la gente cree, porque la gente cree que el ser del enano y del jorobado también es enano y jorobado. Y quizá no, quizá no. Quizá el ser del contrahecho sea el mismo ser del hermoso, pero pretendemos que el contrahecho viva según su forma. Ahí está la tragedia, porque la forma no se vive, la forma se percibe, y se percibe desde fuera. Lo que cada uno vive es su sustancia. Pero, ¿quién convence a Francesca? Je, je, ¿quién convence a Francesca de que el amor de Giovanni tal vez sea superior al amor de Paolo102? No, no. Para Francesca son los ojos luminosos de Paolo, es la voz dulce de Paolo, es la belleza de Paolo lo que hace luminoso y dulce y bello el amor de Paolo. Y es la joroba de Giovanni la que envilece el amor de Giovanni. Y todos aprobamos el juicio de Francesca. Y toda nuestra simpatía y nuestro perdón son para Paolo. Cuando Dante lo encuentra con Francesca en el Infierno, desfallece de piedad por ambos, y quisiera tenderles una mano y arrebatarlos del fuego que los devora, y todos querríamos lo mismo. Pero si hallásemos a Giovanni, lo maldeciríamos, llamándolo Caín, o nos apartaríamos de él con horror y, si pudiéramos, añadiríamos nuevos castigos a su castigo. Azufre y condenación para el asesino. El último círculo del Infierno para su figura oprobiosa. Y compasión, compasión para los adúlteros. No, que Giovanni no espere piedad de nadie. Y de Francesca menos todavía, todavía menos de Francesca. Su amor, para Francesca, es un ultraje, y su dolor, un escarnio. Y sin embargo, ¡quién sabe, quién sabe! Tal vez Giovanni amó a Francesca como no supo amarla Paolo. Tal vez su amor fue más terrible y más sublime, porque era más desesperado y porque se alzaba por encima de todo, incluso por encima de su propia vergüenza, y no estaba defendido, como el del hermano, por la belleza y la correspondencia. Tal vez, en lo alto de su torre, el pobre Giovanni haya sollozado mucho por Francesca, y cada lágrima suya contuviese más amor a Francesca que todo el amor de Paolo. Pero,
¿quién quiere saber lo que ocurre en la torre? ¿A quién interesa el corazón de Giovanni? Es su joroba, y no su corazón la que sale a escena. El que tiene esa joroba, ¿ha de tener también corazón? No, no, la joroba nos absuelve de considerar el corazón. La joroba de Giovanni lo obliga a ser sólo la sombra siniestra que espía a los amantes, mientras ellos, ennoblecidos de belleza, adornados de juventud, juntas las frentes, entrelazadas las manos, leen el libro de Lanzarote103. Su fealdad, la fealdad de Giovanni, es un telón de fondo, todo negro, todo negro, sin rostro, sin nombre, sin fisonomía, hecho únicamente para que destaque más puro, más pálido, más bello el perfil de Paolo y de Francesca. »Y nosotros sólo vemos a Paolo y a Francesca. Sólo ellos dos tienen corazón, y sólo por ellos dos late nuestro propio corazón. Los dos son jóvenes y hermosos y, por tanto, poseen todas las excelsitudes. Que nadie sospeche que Paolo pueda ser un lindo pisaverde, hábil para el falaz galanteo, pero necio y presumido, ni que Francesca sea una holgazana sensual. No, no, que nadie cometa ese sacrilegio. Paolo y Francesca son jóvenes y hermosos. Entonces, basta. Todas las disculpas para ellos, todas las complicidades, todos los perdones. Una luna a la ventana, vino dulce en una jarra, perfumes de Bizancio en un pebetero. La alcoba de Francesca a media luz. Y Paolo en la alcoba de Francesca. ¿Por qué Giovanni no se quedó en su torre? ¿Por qué no se encerró allá arriba, entre sus infolios y sus probetas? ¿Por qué, él, que era jorobado, quiso también ser hombre, marido, caballero, y sentir amor, y tener dignidad y honor? Y desciende, desciende de su torre, por la escalera de piedra, desciende siempre, sin ruido, lentamente, hacia la alcoba de los amantes. Su boca tiembla, pero es una boca tan horrible la suya, es un belfo tan repugnante, que su temblor es el temblor del pérfido y del monstruo. Abajo, en la alcoba de Francesca, también la boca de Paolo tiembla, pero los labios de Paolo son como dos pétalos de rosa y embriagan a Francesca. La mirada de Giovanni, mientras desciende, brilla, pero sus ojos son pequeños y miopes, y enturbian su brillo, y hacen que ese brillo sea un fulgor malvado. En la alcoba de Francesca, los ojos de Paolo brillan, también, pero los ojos de Paolo son dos diamantes puros, dos joyas cálidas, y Francesca queda deslumbrada. Giovanni habla solo, pero sus palabras son torpes, su voz es áspera, y un hilo de baba le cae de entre los labios. Abajo, Paolo habla a Francesca, y sus palabras suenan como una música triste, y Francesca cierra los ojos, en un éxtasis.
»Hasta que Giovanni llega a la cámara de Francesca y levanta el puñal. Y mientras Paolo posee a Francesca, Giovanni mata a Francesca. Cada cual a su juego. Y nosotros al nuestro. Piedad para los adúlteros y condenación para el asesino.(...)"
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